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on 2007/11/25 10:11:07 (1701 reads)

Federico Jiménez Losantos. (Fotos: Carlos Barajas)La noche que dispararon a Losantos  

Después de 26 años, el periodista habla por fin de la madrugada más trágica de su vida 

 La ciudad de sus sueños juveniles, la ciudad de la libertad importada, la ciudad del amor cauteloso, construido con el mimo y el cuidado de las cosas valiosas, se le había vuelto inhóspita y pequeña. Barcelona, «la ciudad que fue», le vio llegar en Vespa y le vio partir en ambulancia. Le dio mucho, le quitó mucho, también...

Lo principal, el escenario donde uno se hace hombre de provecho y pone fondo y aromas a los recuerdos; lo secundario, los amigos y compañeros que dejaron de serlo, porque el miedo, muchachos, es insidioso y siempre viene con un capazo cargado de excusas. 

 -En realidad, usted ya había conseguido el traslado a Madrid. 

 -Sí. La Barcelona que yo había conocido, ésa que yo amaba, había muerto. Comprendí que con los nacionalistas no había más opción que transigir para quedarse o abandonar. Y como, gracias a Dios, España es muy grande, me fui a Madrid. La vida continuaba y no me la iban a amargar. 

 Un dolor superado 

 -Entonces, el disparo fue una crueldad superflua. 

 -En lo que a mí respecta, se lo podían haber ahorrado. Pero la operación les salió bien. Rompió el encantamiento de Barcelona; una ciudad que se creía al margen de la ferocidad del País Vasco, incluso, a veces, de la de Madrid. Otra mucha gente comprendió lo que se avecinaba y, en aquellos años, casi 14.000 profesores de primaria, de Instituto, de Universidad; funcionarios de la Administración, muchos catalanes, dejaron la ciudad. Yo sólo fui uno de los primeros. 

 -Dicen que cuando se recibe un disparo no duele, que es después. 

 -¡Por favor! Yo deseo de todo corazón que a quienes defienden el terrorismo les duela sólo la mitad de lo que me dolió a mí. 

 -Y, además, con «paseo» incluido, como en las madrugadas de la Guerra Civil. Una experiencia así, ¿se supera? 

 -Funciona un mecanismo de defensa, psicológico, que altera la percepción de la realidad. Yo he tardado más de veinte años en escribir sobre el atentado, sobre lo que me ocurrió esa noche del 20 al 21 de mayo de 1981. Si lo hago ahora, es porque creo que he conseguido superarlo, dejar esa noche atrás. 

 Recapitulemos. Mayo de 1981, Federico Jiménez Losantos se ha convertido en la bestia negra del nacionalismo. De militante antifranquista, versión maoísta pero «vegetariana», e intelectual de las vanguardias prodigiosas barcelonesas, ha pasado a convertirse en peligroso «fascista». ¿Razón?: un libro, «Lo que queda de España», publicado en 1979, y su firma en un manifiesto «por la igualdad de los derechos lingüísticos en Cataluña», fechado en Barcelona el 25 de enero de 1981, pero que no se hizo público, con 2.300 firmas, hasta marzo. Se pedía respeto e igualdad para los castellanohablantes y libertad en la elección de la lengua vehicular de la enseñanza. La atmósfera se va haciendo pesada. Los firmantes más conocidos, todos «viejos rojos», como Amando de Miguel, Federico Jiménez Losantos o Alberto Cardín, comienzan a recibir insultos y amenazas de muerte. El portal de Cardín se llena de pintadas: «Cardín, espanyolista, fot el camp». La izquierda orgánica, la que escribe y edita en castellano, se apunta al desmelene nacionalista. El PSUC da la consigna: «son lerrouxistas». 

 -Su mujer, María, estaba inquieta. 

 -Sí. Muchos de nuestros amigos recibían llamadas amenazantes, cartas con anónimos. Me preguntó sí yo también. Yo, en plan chulo, porque a veces hay que presumir, le dije: «A mí no me amenazan. De hacer algo, se me llevan por delante. Pero no te preocupes. Nos vamos y se acabó». 

 -Eso fue la víspera. Le sorprendieron a la salida de su trabajo en el instituto de Santa Coloma. Ya noche cerrada, en el aparcamiento. 

 -Eran dos tíos con unos pistolones enormes. Parecían una pareja de Berlanga. El más alto era un nazi de película de serie «B»; de ésos que disfrutan matando judíos y se les nota en la cara. El otro tenía una pinta extraña, con unos ojos legañosos, raros. Luego supe, porque me lo contó su tía, Anna Balletbó, que se estaba quedando ciego y que le habían hecho el encargo como una especie de regalo, para compensarle. 

 -Iba usted con una compañera. 

 -Sí, con Ángela. Me llevaba en el coche a casa de unos amigos. El nazi de serie «B» se sentó delante, apuntando a Ángela. El de los ojos raros, detrás, conmigo. Al poco, dejó la pistola en el regazo, entre él y yo. Tuve la tentación de cogerla, pero esas cosas sólo le salen bien a Eastwood y en las películas. Además, me dije, si sólo son unos delincuentes comunes que se nos quieren llevar el coche...
 Enfrentarse al horror
 

 -Mecanismo de autodefensa, ¿no? De noche, dos pistoleros, sin mediar palabra, camino de un descampado, en silencio... No parece algo de delincuencia común. 

 -No, claro. Pero es como la mente, la mía, se enfrentó al horror. Luego, cuando me empujaron, ya a pie, hacia unos árboles, por el descampado, me dí cuenta. El nazi de serie «B» me pidió el carné de identidad. «¿Me váis a matar?», le pregunté. «No, pero te vamos a dejar un recuerdo». 

 -También hubo «charlita». 

 -Sí. Me soltó un editorial de la revista del PSUC. Que si lerrouxista, que si anticatalán... Me tenía atado al árbol, un algarrobo, mientras el otro, el de los ojos raros, ataba a Ángela y la dejaba tirada en el suelo. Ella no podía ver. Lo pasó muy mal. 

 -Sobre todo con el tiro. Ella no sabía si le habían dado en la cabeza. 

 -El nazi de serie «B» era mucho más alto que yo, y además, estaba sentado. Así que me disparó a la rodilla, pero me dió un poco más arriba. Cuando la bala te rompe el fémur, pegas un berrido animal, no es ni siquiera un grito; es una especie de mugido de Atapuerca. Ángela consiguió soltarse casi enseguida. Me hizo un torniquete y fue a pedir ayuda. 

 -Le salvó la vida. 

 -Sí, porque los pistoleros tardaron dos horas en avisar del atentado. Si no es por ella, me desangro. Yo estaba muy bien atado y no me podía mover. Luego, hubo otro golpe de suerte: Ángela salió a la carretera y a los cinco minutos pasó un radio-patrulla del 091.
 Esa noche, en el hospital, Federico Jiménez Losantos lee poesía catalana antigua, del valenciano Joan Roís de Corella. Le comento la anécdota de la Gran Guerra, de Harold McMillan, el ex premier británico al que los camilleros le hallaron herido en la trinchera. Mientras esperaba auxilio, leía la Annábasis de Jenofonte en griego.
 

 -Sí. Son reflejos defensivos. Yo estaba preparando un ensayo sobre el poema «La garza y el Azor» de Roís de Corella. Seguro que McMillan, para escapar del horror, se refugió en la Grecia clásica, que quedaba muy lejos de los campos de batalla de Flandes. A mí me dio por pensar que habían atacado por anticatalán a un tipo que sabía más catalán que ellos y que amaba esa lengua como pocos. 

 -Luego vino el linchamiento mediático. Es antológico ese titular que reproduce en su libro: «Piernicidio contra uno de los autores del manifiesto de los 2.300». 

 -Al principio, de una manera muy sibilina, fue la izquierda la encargada de justificar el crimen. Es la que ejerce de capo en el campo de concentración nacionalista. Ella es la encargada de controlar al charnego común. Fue especialmente vil el «Periódico de Cataluña», que sacó este titular: «No me extraña que me hayan pegado un tiro». Como si fuera lo normal. La izquierda compraba tiempo. Se notaba en la reacción contra el libro «Lo que queda de España». Al final, señoritos de izquierda, como Barral o Gil de Biedma, que escriben en castellano, son los que hacen el trabajo sucio contra éstos que, bueno, escriben como yo, pero no son de la misma tribu. Y como no somos de la tribu, está bien echarnos, dispararnos. Sí, ganaban tiempo, pero, hoy, tampoco hubieran sido invitados a la feria de Francfort. 

 Cataluña, ligada a España 

 -Como a la mujeres violadas, ¿no? Es que iba usted provocando. 

 -Para ellos fue un éxito. Para Cataluña ha sido letal. Buscaban un estado de terror y lo han conseguido. Lo escribió, lo dijo, el propio Tarradellas, cuando advirtió que se iba a la «dictadura blanca» de Pujol. 

 -Leyes, multas, presiones, insultos. Si, al fin y al cabo, las independencias iberoaméricanas se hicieron en castellano ¿para qué tantas molestias? 

 - Ya lo pensaron. Incluso algunos prenacionalistas decían que había que olvidarse de la lengua vernácula y usar el castellano, lengua universal, e ir a la independencia. Pero, lo que pasa, es que el nacionalismo sólo tiene la lengua como elemento de diferenciación. Toda la vida de Cataluña está ligada a España, no hay nada que la separe. Lo que no entienden en Madrid es que nombrar las cosas es poseerlas. Es un certificado de propiedad. Si tú las nombras en catalán, son sólo de los catalanes que hablan catalán. Y, si no hablas catalán no tienes derecho a esas cosas. Es una idea muy tribal, pero muy eficaz, si, además, se acompaña de represión. 

 -Veintiséis años después, ¿por fin olvidado? 

 -Sí. Para mí el atentado terminó cuando Ciudadanos por Cataluña obtuvo tres escaños. Treinta años después, en la ciudad que ya no es, queda gente, quedan ciudadanos que tienen la misma vocación de libertad que tenía la Barcelona de los 70. La ciudad en la que se encarnó el ansia de libertad de quienes vivíamos en ella. Esta nueva generación ciudadana defiende exactamente lo mismo que yo defendí. Vamos a ver lo que dura.
  
 

 Alfredo Semprún - Madrid - La Razón Domingo 25 de Noviembre de 2007
http://www.larazon.es/noticias/noti_viv36132.htm



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