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EL CABEZO REDONDO, con Villena al fondo

De nuevo, los arqueólogos que anualmente excavan en el Cabezo Redondo abren las puertas, aunque en realidad se trata de una valla metálica, del yacimiento para mostrar el trabajo de un entusiasta grupo de licenciados y estudiantes universitarios que, entre las nubes de polvo arrastradas por el viento y bajo el ardiente sol de agosto que ven nacer y morir cada día tras las sierras que rodean Villena, intentan reconstruir la vida de un grupo de hombres y mujeres que hace unos 3.500 años eligieron las laderas de un cabezo de forma alargada para construir sus casas y enterrar a sus muertos.

Hace más de un siglo se encontraron en superficie unos pocos fragmentos cerámicos que indicaban la existencia de un antiguo poblado enterrado bajo por gruesas capas de tierras. Los muros de piedra de aquellas casas se descubrirían cuando las canteras para la explotación de yeso cortaran las partes bajas del cerro, al tiempo que José María Soler García iniciaba las excavaciones e intentaba recuperar lo que máquinas y barrenos descubrían como el excepcional conjunto de adornos en oro que constituye el Tesorillo del Cabezo Redondo que podemos contemplar en el Museo Municipal de Villena que lleva su nombre.

José María Soler excavó entre 1959 y 1960 cerca de una veintena de habitaciones de varios tamaños. Hace 11 años se inició una nueva etapa de excavaciones, en las que se han descubierto nuevas habitaciones, también de diferentes dimensiones y formas.

En nuestro recorrido podemos visitar algunas de estas viviendas y conocer el trabajo de los arqueólogos que nos explicarán las características del yacimiento y cómo vivían sus habitantes.

El Cabezo Redondo es un yacimiento excepcional. Lo es por su tamaño, ya que las casas se extienden por todo el cerro, pero también – y en especial – por la extraordinaria conservación de todas ellas.

Las casas se adosan unas a otras a modo de manzanas separadas por calles, por las que también discurría el agua. Las paredes de estas casas a menudo se encontraban enlucidas de rojo o blanco y en su interior solían tener un banco adosado a una de las paredes, junto al cual se encuentran los hornos para trabajar el metal o el barro y los hogares para hacer la comida o tostar el cereal. En algunas de ellas, todavía podemos contemplar el silo donde se almacenaba el trigo, la cebada, los guisantes y las habas, que eran las plantas que cultivaban, además del lino, cuyo tallo les permitía hacer tejidos, que podían ser de lana. El techo de estas casas, plano y ligeramente inclinado siguiendo la pendiente de la ladera, estaba sostenido por postes de madera, algunos de los cuales todavía se conservan pese al tiempo transcurrido.

Los abundantes incendios, producidos por la abundancia de materia orgánica en el interior de una casa poco ventilada y la fragilidad de las paredes y techos explican las reconstrucciones y remodelaciones en el tamaño y formas de la mayoría de las casas y las superposiciones de los suelos, a menudo separados por gruesas capas de desperdicios.

Son estos desperdicios, formados por restos de comida y de objetos rotos mezclados con fragmentos de construcciones y maderas carbonizadas, los que nos permiten conocer la evolución del poblado a lo largo de los más de 500 años de vida.

Desconocían la escritura, que en nuestras tierras aparecería varios siglos después del abandono del poblado, aunque poseían un elevado grado de desarrollo tecnológico y social.

La extraordinaria calidad de sus cerámicas, alguna de ellas de compleja decoración, de los objetos de hueso, de piedra, o de metal, entre los que destacan los cuchillos y hachas de bronce y los adornos del mismo metal o de oro y plata, nos indica que nos encontramos antes unos hombres prehistóricos –de la Edad del Bronce -, pero no primitivos, ni de vida miserable.

En efecto, son hombres y mujeres que entierran a algunos de sus muertos –adultos y niños- bajo las casas y acompañados de un rico ajuar. Unos se colocan en el interior de grandes vasijas, otros en una fosa, en ocasiones rodeada de piedra, o en pequeñas cuevas.

Del Cabezo Redondo salió la vajilla de oro y plata, las pulseras de oro y el posible cetro de hierro y oro que hoy podemos contemplar en el Museo Arqueológico José María Soler García de Villena y que se escondió en la vecina Rambla del Panadero, cuando el poblado estaba a punto de abandonarse. Quien lo atesoró –un individuo o un grupo- tenía un gran poder, posiblemente basado en la explotación y control de la carne. La abundancia de pastos y aguas, la existencia de sal y su ubicación en un privilegiado cruce de caminos explican la importancia del Cabezo Redondo, cuyas casas, pese a los más de 3000 años transcurridos, se conservan todavía en relativo buen estado. En las vitrinas del Museo Arqueológico Municipal José María Soler García de Villena se exponen los materiales recuperados en las excavaciones. La visita a uno y otro nos permite conocer y comprender nuestro pasado.